2015

“Mamá, yo no quiero volver con mi papá porque él quiere controlar nuestras vidas”, una hija le dice a su madre.

“Yo sé, pero lo amo y tú sabes que él nos ama”, ella responde.

“¿Entonces por qué él nos hace daño?” su  hija dice. “Yo sé que tú tienes miedo y yo también. Nosotros no tenemos que tener miedo”.

Este es el caso de una madre que era víctima de violencia doméstica y sentía que no podía dejar a su esposo. Su hija mayor tomó acción mudándose con su madre a un centro de refugio en busca de una vida mejor. En casos de violencia doméstica, muchas veces las víctimas sienten que no tienen otras opciones aparte de sufrir la crueldad infligida en ellas por su esposo o familia. Algunas veces ellas tienen miedo por su vida o la de sus hijos y algunas veces tienen miedo a  ser deportadas.

Para mucha gente, cuando piensa en América Latina, el fútbol es la primera cosa que le viene a la mente.

Para los estudiantes latinoamericanos que asisten a la universidad en Estados Unidos, el fútbol puede resultar en una afinidad --una manera de encontrar  familiaridad en un nuevo entorno. 

El tercer viernes de cada mes, varios hombres latinos que viven en Johnson City y Kingsport, Tennessee, se juntan para cocinar comidas que les recuerdan a sus pasados.

Aunque el grupo no tiene un nombre oficial, los hombres se han autodenominado “Los Machos” y han llamado a sus reuniones la “Cena de Machos”. Antonio Rusiñol, uno de los miembros, dice que no es un título serio, porque el término “macho” tiene connotaciones negativas en los Estados Unidos y también en su país de origen, Argentina.

“La llamamos solo en broma ‘Cena de Machos,’” dijo Rusiñol.”[Significa] más como ‘cena con los hombres’”.

Desde un inicio humilde en la Ciudad de México a una vida en el noreste de Tennessee, los hermanos Josiamar y Carlos Martínez siempre han soñado con tener su propio negocio.

Durante su infancia en la Ciudad de México, los hermanos ya estaban trabajando y ganando su propio dinero.

“Hacíamos favores a la gente”, dijo Josiamar. “Preguntaban: ‘¿Puedes comprar algo para mí en el mercado?’. Utilizábamos bicicletas para llegar allí y así ganábamos dinero. Teníamos 6 y 11 años. Las personas ancianas, no quieren salir, y nos daban propinas y ese tipo de cosas”.

Visitar ventas de yarda locales durante todo el año ayuda a mantener a los hermanos en el negocio en el mercado de pulgas de Jonesborough, donde trabajan los domingos. 

Su sonrisa era acogedora y las manzanas rojas que la hija de José Vázquez colocó en la mesa  empezaban a cambiar al color de su cálida tez marrón. Vázquez, 77, rió mientras trataba de recordar cuándo había atravesado la frontera a América para trabajar en el sol caliente. "Hace mucho tiempo atrás" es finalmente lo que concluyó.

El peor recuerdo que tiene de su tiempo en el Programa Bracero es la comida - especialmente la  avena. Ésta no era nada como la que Vázquez estaba acostumbrado a comer en México. Él dijo que la miraba y se preguntaba qué era esta plasta que los americanos estaban tratando de darle de comer.

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