2016

El aroma del agua marina inunda a una niña de once años como olas en la playa. Este aroma se pierde frente al olor de flan recién hecho de la cocina de su abuela. Es domingo y la familia de Beatriz Cano Díaz se ha reunido como hace cada semana en la casa familiar de su padre, en Cuba.

“Íbamos a la iglesia por las mañanas”, recordó Cano Díaz. “Después, volvíamos a la casa de mi abuela. Mis padres y todos los adultos bebían licores. La pasábamos bien… pero tuvimos que irnos, por distintas razones”.

Todo empezó en el Sur de Texas. De niña, a Esmeralda López le encantaba visitar “raspas”, vendedores ambulantes vendiendo hielo raspado con sabores mexicanos tradicionales. En 2011, con la graduación de la preparatoria de su hija Sam, ella vio una oportunidad para un negocio nuevo.
El verano después de la graduación de Sam, sus padres, Esmeralda y Miguel, le compraron un camión de comida y le ayudaron a comenzar lo que es hoy El Paraíso de Raspados de Sam.

Estar atrapado entre dos culturas, pero no pertenecer verdaderamente a ninguna: esta es una lucha cotidiana para muchos en los Estados Unidos. Esta es una lucha  que el autor latinoamericano Marcos McPeek-Villatoro conoce bien.

“¡Vamos Devils! ¡AZUL, AZUL, AZUL, AZUL, AZUL!” grita una línea de muchachas que llevan camisetas azules. El sol comienza a ponerse mientras, en el banco, las jugadoras animan a sus compañeras de equipo en el campo.

Por los seis últimos años, éste es el último partido en casa antes de la graduación. Al llegar al fin del partido, las jóvenes están de pie, sólo un poco más adelante. Mientras que el tiempo se acaba, las jóvenes saltan y se abrazan en un corrillo masivo, celebrando una victoria en su último partido en casa de la temporada.

Hace dos años, Unicoi County High School no tuvo un equipo de fútbol. La entrenadora en jefe, Bettina Chirica, ha estado sorprendida por la cantidad de apoyo de la comunidad para el nuevo programa.

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