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De los millones de inmigrantes que luchan para venir a los Estados Unidos a cada año, el boxeador jubilado Ignacio Orestes Salazar Batista finalmente ganó su pelea.

Todo empezó hace muchos años en su ciudad natal, Holguin, Cuba. El primo de Salazar iba al gimnasio para practicar, y Salazar, entonces con 15 años, fue con él por si acaso necesitara defenderlo. Tenía miedo de que un boxeador más experimentado intentaría hacer más que solamente boxear.

En el gimnasio, se le preguntó a Salazar si le gustaría ponerse los guantes para practicar. Nunca había visto el boxeo antes, pero se preparó para una derrota que lo llevaría a una carrera que nunca había imaginado.

Published in 2017

Out of the millions of immigrants who fight to come to the U.S. every year, retired boxer Ignacio Orestes Salazar Batista finally won the match.

It began many years ago in his hometown of Holguin, Cuba. Salazar’s cousin was going to the gym to spar, and Salazar, then 15, went along in case he needed to defend his cousin. He was afraid the more experienced boxer would try to do more than just box.

At the gym, Salazar was asked if he would like to put on gloves to spar. He had never seen boxing before, but he geared up for a loss that would lead to a career he never imagined.

Published in 2017

El aroma del agua marina inunda a una niña de once años como olas en la playa. Este aroma se pierde frente al olor de flan recién hecho de la cocina de su abuela. Es domingo y la familia de Beatriz Cano Díaz se ha reunido como hace cada semana en la casa familiar de su padre, en Cuba.

“Íbamos a la iglesia por las mañanas”, recordó Cano Díaz. “Después, volvíamos a la casa de mi abuela. Mis padres y todos los adultos bebían licores. La pasábamos bien… pero tuvimos que irnos, por distintas razones”.

Published in 2016

The smell of seawater washes over an 11-year-old girl like waves on a beach. The aroma is losing a battle to the smell of fresh flan from her grandmother’s kitchen. It is Sunday and Beatriz Cano Diaz’s family has gathered as it does every week at her father’s family home in Cuba.

“We would go to church in the mornings,” Cano Diaz recalled. “After that, we would come back to my grandma’s house. My parents and the adults would all be drinking. It was a good time … but we had to leave, for different reasons.”

Published in 2016